-Ya la ciencia para nosotros -dijo Iturnoz- no es una institución con un fin humano, ya es algo más; la habéis
convertido en ídolo.
-Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil mañana -replicó Andrés.
-¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas alguna vez?
:-¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
-¿En qué?
-En el concepto del mundo.
-Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo, en el fondo, estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la Naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
-En eso estoy conforme -dijo Andrés-, La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre.
En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de la crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que se necesita para la vida.
Pío Baraja, El árbol de la ciencia (1911).
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